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jueves, 3 de mayo de 2012

Hugo y la giganta


Llega Hugo a la fiesta
de saco y corbata
con la oficina atada al cuello
con sus grandes hombreras
y la ve a ella,
extendida en el sillón
con sus piernas infinitas
entrelazadas como nubes en el espacio
como dos puentes
que unen continentes
y en cuyos extremos
se divisan medias de colores infantiles,
naranja, azul y blanco,
y un mar de bucles
se desbarrancan desde su frente
e inundan el suelo
como una catarata negra.
Hugo se distrae viéndola
pero de inmediato se incorpora
y disimula.
“Traje esto para el postre”,
le dice al anfitrión.
Saluda a todos y se sienta.
Mientras el salón es un bullicio,
Hugo tararea para sus adentros
obras de Satie entremezcladas.
El enjambre sonoro
lo va aislando paulatinamente
y se concentra
en el resplandor lunar
de sus mejillas de alpaca,
en el destello
de su risa de niña.
Y ese sonido de vida
a él lo va achicando,
poco a poco
reduciendo,
se va encogiendo conforme avanza la noche
y ella se ve cada vez más grande,
su rostro de piel clara se confunde con la luna
al punto de que Hugo duda
si es un huésped
o un astrónomo.
A las pocas horas,
Hugo ya es casi imperceptible para la vista común
y es pisado por casi todos los presentes.
Afortunadamente,
zafa de las suelas de los zapatos,
logra subirse a la mesa ratona,
y saltar a sus finas rodillas
para irse con ella.
Con gran esfuerzo,
y también con placer extremo,
trepa por su cabello
corriendo el riesgo de morir ahogado,
y se mantiene oculto detrás de la oreja derecha
de ella,
absorto por el aroma,
fascinado por la vista.
Ella se levanta para irse,
se despide de todos,
y Hugo se mantiene sujeto.
Así viaja detrás de esa oreja varias cuadras,
hasta que en un sacudón imprevisto
cae irreversiblemente,
por los hombros de ella,
rueda por su espalda,
y pese a que intenta aferrarse a su pantalón
termina en su tobillo, abrazado a su media.
Pero
como era de esperar,
se da de bruces en el suelo
y se hunde en un charco de agua,
mientras ella se aleja.



©Pequod




viernes, 27 de abril de 2012

Auto de fe



De las visitas guiadas a castillos en el aire,
no me retracto.

De las hojas de ruta y el tintero guardados en el estante,
no me retracto.

De mis entierros y exhumaciones,
no me retracto.

Del primer beso y del último,
no me retracto.

De mis golpes de timón, de mi pelotón de suicidas,
no me retracto.

De mis desaires al protocolo, de mis llegadas tarde,
no me retracto.

De la casa con jardín y su demolición,
no me retracto.

De las noches a tu puerta, de las mañanas de escritorio,
no me retracto.

De los piropos innatos, de los poemas extraoficiales,
no me retracto.

De los cortejos y las fugas, de los desencuentros,
no me retracto.

De las estrategias de alambre, de los laureles fúnebres,
no me retracto.

De la pasión y el desencanto, de la cama y la pala,
no me retracto.

De ser impenitente,
de ser contumaz,
de no retractarme no me retracto.



©Pequod